5° Congreso Bioestimulantes Latam & Redagrícola Biocontrol Estuvimos ahí. Dos días intensos en Monticello (Santiago de Chile), rodeados de investigadores, empresas, startups y productores de toda la región. El congreso se viene consolidando como el punto de encuentro más potente de bioinsumos en habla hispana, y este año Chile fue el anfitrión por una razón clara: su ecosistema de biológicos está creciendo rápido y con base sólida. Según Biologicals Latam, hoy hay más de 40 empresas locales desarrollando bioinsumos, con foco fuerte en bioestimulantes (a base de algas, microorganismos y aminoácidos), y una industria de bioprotección que suma formulaciones en biofungicidas, bactericidas, nematicidas y bacteriófagos. Eso explica por qué el país fue elegido sede y por qué el congreso sigue creciendo año a año. ¿Por qué Chile, por qué ahora? La 5ª edición se realizó el 27–28 de agosto de 2025 en Monticello (Santiago de Chile). Además, se programó un Día de Campo para el 29 de agosto en el Centro de Investigación e Innovación (CII) de Viña Concha y Toro, un hub donde ciencia y vitivinicultura se encuentran para acelerar innovación aplicada. Entramos el primer día con dos preguntas claras: ¿cómo usar mejor lo “bio” sin caer en recetas genéricas? ¿y cómo medir impacto más allá de “andar bien”? Salimos con un mapa más fino: tiempos de aplicación, condición fisiológica del cultivo, calidad de formulación, compatibilidades en tanque y, sobre todo, criterios objetivos para tomar decisiones —desde suelo hasta copa—. El congreso, con sede en Monticello, Santiago de Chile, y un Día de Campo asociado en el Centro de Investigación e Innovación (CII) de Viña Concha y Toro, fue la excusa perfecta para juntar ciencia, mercado y campo en una misma conversación. Un programa que obligó a bajar a tierra La apertura puso la vara alta. El Dr. Rodrigo Gutiérrez nos volvió a recordar que las plantas no son “cajas negras”: perciben y responden a nutrientes con mecanismos específicos. Traducido a manejo, el timing deja de ser “intuición” y pasa a ser un punto crítico de la estrategia. Cuando más tarde Patrick Brown habló de función y uso de bioestimulantes, la idea de “producto correcto, a la dosis correcta, en el momento correcto y con el cultivo en la condición correcta” dejó de ser un slogan para convertirse en un checklist operativo. Si venís del mundo de los foliares, sabés que ese “momento” es medio mundo. A mitad de la mañana, Pablo Cornejo y Paula Aguilera empujaron otra tecla que nos interesa mucho a quienes gestionamos programas: la nueva generación de bioinoculantes y el rol de las micorrizas cuando la mirada del suelo es integral. Lo que más nos quedó: la formulación y el portador mandan tanto como la cepa. Parece obvio, pero lo olvidamos cuando comparamos “microbio vs. microbio” sin mirar la ingeniería detrás. Más tarde, Michal Slota conectó el microbioma equilibrado con mejoras de rendimiento y —dato no menor— con amortiguar el impacto del clima: ahí tomamos nota para ajustar nuestros diagnósticos, incorporando biología funcional y no solo N-P-K. El cierre del día, con Prometeo Sánchez, nos voló la cabeza por simple y contundente: bioestimulantes de “segunda generación” basados en moléculas señal para mitigar estrés abiótico específico (calor, salinidad, déficit hídrico). El mensaje de fondo fue claro: si el estrés cambia, el programa también. No existe el “para todo el año”. Y está bien que así sea: es agronomía de precisión, no magia. El segundo día: de la raíz a la copa.. Arrancamos con Fabricio Cassán poniendo la rizosfera en el centro. La metáfora que nos gusta repetir desde entonces: la raíz no termina donde termina la raíz; la rizosfera es un “órgano extendido” que se maneja, se nutre y se protege. Y cuando Alberto Bago habló de micorrizas —esa “joven” de casi 500 millones de años— cayó otra ficha: la consistencia en resultados pide planificar momentos de inoculación y cuidar compatibilidades. No alcanza con “agregar biología”; hay que diseñar alrededor de ella. Manel Cervera, con datos de mercado, nos acomodó el mapa regional: Latinoamérica crece en adopción, pero el salto de calidad viene de estandarizar criterios de evaluación y de hablar más de “programas” que de “productos sueltos”. Y hacia el final, el bloque de mesas y paneles sobre manejo integrado de suelo y nutrición —con Rodrigo Ortega y compañía— cerró el círculo: del laboratorio a la agronomía, sí, pero con protocolo, indicadores y seguimiento. Si suena aburrido, en realidad es liberador: te permite decidir con menos fe y más datos. Hubo también espacio para temas finos y muy útiles en campo: la conductancia estomática (gs) como KPI de decisión en ambientes críticos; casos con extractos de algas (Ascophyllum nodosum) y blends con ácidos fúlvicos para revitalizar suelos; y un recorrido por tecnologías de biocontrol que sostienen eficacia sin cargar residuo. Todo atravesado por una idea que se repitió charla tras charla: medir. Medir el cultivo, medir el suelo, medir el clima. Y registrar. Sin eso, es difícil separar “sensación” de efecto agronómico. Lo que nos llevamos Volvimos con un puñado de decisiones prácticas. Primero, abrazar que la formulación es protagonista: no volvemos a recomendar nada sin entender portadores, estabilizantes y compatibilidades, y sin hacer un jar test cuando toque. Segundo, timing real: leer fenología y ventanas de sensibilidad, y aceptar que cambiar de fecha una semana puede valer más que cambiar de marca. Tercero, diagnóstico 360°: físico-químico-biológico del suelo + fisiología (gs, clorofila, fluorescencia) + clima. Cuarto, programas por estrés: ola de calor, helada, salinidad, déficit hídrico… cada evento merece su guion; si cambiás el estrés, cambiás el protocolo. Quinto, trazabilidad: dejamos armadas plantillas de registro para no depender de la memoria del campo (que siempre es buena, pero es memoria al fin). Y hay una sexta que atraviesa todo: personas. Entre pasillos hablamos con equipos técnicos de empresas grandes y desarrollos locales, y todos coincidían en lo mismo: cuando el área técnica y el productor se sientan con el mismo tablero de indicadores, la adopción despega. Pareciera
¿Qué es BOVEL?
¿Qué es BOVEL? BOVEL es una formulación a base de Beauveria bassiana —un hongo entomopatógeno— diseñada específicamente para la polilla de la vid. Actúa por contacto: al tocar al insecto, las esporas germinan y lo colonizan internamente. Los adultos se desorientan, dejan de alimentarse y mueren entre 3 y 5 días después del contacto. Este modo de acción múltiple (huevos, larvas y adultos) reduce de manera drástica el ciclo de la plaga sin dejar residuos tóxicos en la uva ni generar olores o sabores indeseables. Recomendaciones de aplicación Momento ideal Pulverizar la parte aérea de la vid después de las 16 h, cuando la polilla es más activa y hay menor radiación UV. Seguir los avisos de vuelo que emite SENASA para sincronizar la aplicación con los picos de emergencia de adultos. Preparación del caldo Agitar el envase y diluir 1 L de BOVEL en 80-100 L de agua sin cloro. Dosis Primer vuelo (ideal con dron): 1 L/ha. Vuelos posteriores: 2 L/ha, manteniendo la misma dilución máxima (1 L en 80-100 L). Cobertura y equipo Drones, turboatomizadores o pulverizadores convencionales funcionan bien. Ajustar boquillas para lograr microgotas que cubran racimos y follaje. Condiciones climáticas Evitar aplicaciones con temperaturas superiores a 32 °C o humedad relativa < 60 %. Si se pronostica lluvia fuerte en las siguientes 6 h, reprogramar.
BOVEL como la solución efectiva de la Polilla de la Vid
¿Quién está detrás de BOVEL? En la tarde de hoy, Stela da Silva, bióloga y especialista en el manejo integrado de plagas, nos reunió para explicar qué es BOVEL y por qué se considera la “nueva generación” de defensas para el cultivo de la vid. Su objetivo fue tan claro como ambicioso: demostrar que es posible controlar la polilla de la vid sin depender de moléculas químicas de alto impacto. Para quienes nunca habían oído hablar del tema, la Dra. comenzó con una afirmación contundente: “Las plagas no tienen por qué ser sinónimo de venenos; existen aliados vivos capaces de hacer el trabajo por nosotros”. La Lobesia botrana, conocida como polilla de la vid, causa pérdidas significativas al perforar racimos y facilitar la entrada de hongos que arruinan la uva. Históricamente se ha combatido con insecticidas de síntesis. Sin embargo, el uso intensivo de estas sustancias eleva costos, genera residuos tóxicos, promueve resistencia y afecta organismos benéficos. Frente a este escenario, la búsqueda de alternativas biorracionales dejó de ser un lujo científico y se volvió una necesidad económica y ambiental.